Un banco llamado Ruben Hojman
Cuando me muera, me gustaría que den mi nombre a un banco. Un banco de una plaza o un parque, como este, donde me senté a leer.
¿Qué hacen las personas que, de manera tan fugaz, se sientan en un banco y luego se van? Adelante de mí hay otro banco, donde ya se sentaron tres, y se fueron las tres, una por una, como si nada.
Yo vine de lejos por el banco. Mientras caminaba, iba pensando en él y que tenía que estar frente al sol, porque era otoño y hacía frío.
Crucé la calle riéndome, emocionada, porque iba al encuentro de un banco. Soy demasiado romántica y buscaba un lugar donde sentarme, como quien busca el amor.
Acá estoy, y no pienso levantarme tan pronto. Ahora es mío.
Y estiro la espalda cansada en sus curvas cálidas.
El sol me hace sentir sueño y bostezo, erizada de contentamiento.
Amo al banco con dulzura.
Pero cuando me vaya, dejará de ser mío. Otros se van a sentar aquí e intento adivinar sus razones.
¿Serán tan felices como fuimos el banco y yo? Siento que soy correspondida. ¿El banco también me esperaba? Quiero creer que sí, que dentro de cada cosa existe un ánima quieta y viva. Secretamente, deseo que el banco pudiera hablar, así le podría preguntar por las historias de la gente que se sentó aquí. ¿Alguien se murió sentado en este banco? Me asusto con el repentino pensamiento, pero seguro que sí.
De golpe, soy arrancada de mis románticos y mórbidos devaneos.
Una pareja de jubilados se acerca y me pide compartir el banco.
Un poco decepcionada, les digo que no hay ningún problema.
Pero sentía que se había terminado la magia. De pronto reconocía su madera muerta, pintada de un color verde escuela. Un banco duro que ya no me inspiraba ninguna devoción. ¡Entendí que él no podría ser mío jamás, ni siquiera tenía mi nombre! Y aunque lo tuviera, sería para los demás, ¿no?
El sol, de pronto, apenas me alcanzaba la frente y tuve frío de nuevo.
Hasta pensé en ir a un café y seguir leyendo el libro recién comprado, pero no quería. ¡Quería al banco!
Y este, en su misión y función de banco, me había traicionado.
Fríamente, me recordaba que estas cosas podían pasar y que esta era la razón por la cual existía.
Fue entonces cuando decidí buscar otro banco que pudiera ser apenas mío por el máximo de tiempo que su misión de banco nos permitiera.
Y encontré uno que parecía perfecto. Pero luego noté que este no tenía apenas un nombre, si no también un mensaje. Un mensaje antiguo, de carácter solemne grabado en patente dorada, donde todavía se podía leer:
Martín Mutivieza 1902–1972
Jardinero del parque Rivadavia de 1937–1967, dedicado y comprometido con su trabajo, su recuerdo estará presente en este “su lugar”.
“su lugar”.
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